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Los actos de la CUP frente a la sede del PP representan un salto hacia delante que los soberanistas deberían evitar a toda costa

Jordi García-Soler

Arran, afín a la CUP, intentó "ocupar" la sede central del PP de Cataluña para exigir el referéndum / EFE / Àlex Cubero‏

Barcelona, 28/03/2017 - 21:10h

En modo alguno coincido con Félix de Azúa cuando declara, supongo que con su conocido ánimo provocador sobre todo cuando se refiere al proceso independentista catalán, que “a los jefes de Junts pel Sí les convendría que hubiera un par de muertos” y que “si hubiera 30 muertos estarían perdidos, pero si hubiera 3 o 4 les facilitaría seguir en el poder”.

Estoy absolutamente convencido que no solo los actuales dirigentes del Pdecat y de ERC, los dos partidos que constituyen la principal base de la coalición electoral y gubernamental de Junts pel Sí, sino ni tan siquiera la dirigencia colectiva y asamblearia de una formación tan revolucionaria y radical como la CUP, sin cuyo apoyo no existiría la actual mayoría independentista en el Parlamento de Cataluña, ansían o desean que este proceso secesionista pueda acabar provocando ninguna víctima mortal.

No obstante, mucho me temo que hemos llegado ya, por desgracia, al borde mismo del precipicio. Más allá de la gravedad indudable del violento intento de ocupación de la sede central del PP catalán por parte de unas pocas decenas de jóvenes independentistas cercanos a la CUP y que estuvieron arropados por dos destacados dirigentes de esta formación –una acción condenada con energía por todas las fuerzas representadas en el Parlamento catalán, con la excepción única de la CUP-, la tensión política está alcanzando ahora en Cataluña límites difícilmente soportables.

La ANC habla sin tapujos de movilizaciones ciudadanas, acciones de pura insurgencia

Transcurridos ya los dieciocho meses anunciados de modo enfático por los líderes secesionistas para que Cataluña fuese independiente, un enésimo cambio de hoja de ruta ha establecido algo así como una suerte de prórroga, tal vez incluso de tiempo añadido, a este extraño partido.

Sin que ni una sola voz independentista cualificada se haya atrevido hasta ahora a decir públicamente nada en contra, la autodenominada Asamblea Nacional Catalana, al igual que la CUP venía haciendo desde hace ya mucho tiempo, habla ya sin ambages ni disimulos no solo de movilizaciones ciudadanas masivas de duración prolongada sino de acciones de pura y simple insurgencia, de verdadera insurrección, lo cual evidentemente exigiría en cualquier caso recurrir al uso de la fuerza, a la utilización de la violencia física. Coinciden con ello incluso algunas de las declaraciones más recientes del expresidente de la Generalitat Artur Mas y de su sucesor en el cargo, Carles Puigdemont.