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Los catalanes han marcado la historia de España, por lo que resulta complicado entender cómo se ha llegado a una situación en la que se pretende el divorcio

Nacho Martín Blanco

La catalanidad supera la apuesta por distintos proyectos políticos, como el independentista que defiende Carles Puigdemont / EFE-AG

Barcelona, 19 de mayo de 2017 (09:55 CET)

Cada vez que cojo el AVE de Barcelona a Madrid, siempre abarrotado, me pregunto cómo es posible que haya gente -políticos, básicamente- empeñada en presentar las relaciones entre ambas ciudades como algo tormentoso y fatalmente condenado al divorcio, a la desconexión por utilizar el eufemismo en boga. Por trabajo viajo a Madrid con frecuencia. En una de mis últimas visitas aprovecho que tengo la tarde libre por ser festivo para darme una vuelta por la Villa y Corte.

Lo primero que hago es irme a pasear por El Retiro, donde me encuentro con la plaza de la Sardana, presidida por el monumento dedicado por el pueblo de Madrid al “más grande poeta épico de España”, Jacinto Verdaguer, Mossèn Cinto. Me vuelvo a hacer la pregunta que me hago cada vez que cojo el AVE y prosigo mi paseo recordando lo que decía Agustí Calvet, Gaziel, sobre la catalanidad, que es “el alma de Cataluña”, el sentimiento que todos los catalanes “acaban por sentir”.

Sala Martín pretendió cuestionar la catalanidad de Montilla, con preguntas que no acertó a responder

Cuando José Montilla llegó a la presidencia de la Generalitat, el economista y activista independentista Xavier Sala i Martín le hizo una entrevista para La Vanguardia y trató de ponerle en evidencia preguntándole si recordaba la primera estrofa del poema más célebre de Verdaguer, el Virolai, dedicado a la Virgen de Montserrat. Sala i Martín, ya entonces autoerigido en autoridad expedidora de carnés de catalanidad, pretendía así cuestionar la catalanidad de Montilla, quien no acertó a responder.

Es posible que el polémico economista conociera la primera estrofa del Virolai, pero seguramente no pasara de ahí, pues resulta sorprendente que alguien que se refiere a los españoles como “cazurros” cuya “genética” (sic) nada tiene que ver con la de los catalanes reivindique a un poeta cuya obra apela de continuo a la españolidad de los catalanes y que en el propio Virolai define a la Moreneta como “estrella de Oriente de los españoles”.

Distinguía Gaziel entre catalanidad y catalanismo, y decía que aquella “tiene la mágica virtud de plantear en términos extraordinariamente amplios lo mismo que el mero catalanismo reducía a una extraordinaria estrechez”. De nuevo constato que mi españolidad solo se explica desde la catalanidad, y viceversa; que mi manera de ser español es ser catalán, y viceversa, y que se equivocan tanto quienes intentan reducir la españolidad a la castellanidad como quienes pretenden separar la catalanidad de la españolidad. La catalanidad es un fenómeno mucho más amplio que el catalanismo, movimiento que para ser auténtico amor o apego a lo catalán, y no un mero artificio nacionalista, nunca debería ser negación de lo español, pues ello supondría en sí mismo demediar la catalanidad.

Mi españolidad sólo se explica desde la catalanidad y viceversa

Sigo paseando por El Retiro y me encuentro con el fastuoso mausoleo dedicado a Alfonso XII que preside el Estanque Grande desde 1902, obra del arquitecto barcelonés Josep Grases i Riera. Abandono El Retiro con la intención de pasar unas horas en el museo del Prado y allí, justo enfrente del museo, me encuentro con el monumento a Eugeni d’Ors, Xènius, probablemente el filósofo español más importante del siglo XX junto con Ortega y Gasset. Decía el filósofo que “Madrid tiene abriles exquisitos y un sin par museo”.

Por desgracia, la cola para entrar en El Prado en un día festivo de uno de esos abriles me impide disfrutar siquiera de las tres horas que Xènius recomienda pasar en ese museo sin par, solo tres horas porque la elocuencia dilatada contiene “cierta ineptitud radical para instruirnos con precisión sobre las cosas”.

Del Prado me voy a la Carrera de San Jerónimo y llego a la plaza de las Cortes, donde se alza la efigie de Miguel de Cervantes obra del escultor catalán Antoni Solà, junto al palacio del Congreso de los Diputados, donde se encuentra la magnífica serie de imágenes en sanguina “Alegoría de las ciudades españolas” del pintor Josep Maria Sert. Por otra parte, el callejero de Madrid está preñado de catalanes: Juan Prim, Francesc Pi i Margall, Estanislao Figueras, Salvador Dalí, Joan Miró, etcétera. Madrid rezuma catalanidad.

Como catalán, reconforta darse una vuelta por la capital y comprobar con los propios ojos la importancia que los catalanes hemos tenido a lo largo de la historia de España. Mi recorrido del Jueves Santo es el mejor antídoto contra el discurso de los secesionistas catalanes que se empeñan en decir que España no nos quiere y que no nos queda otro remedio que la separación.

El callejero de Madrid está preñado de catalanes, de Juan Prim a Joan Miró o Estanislao Figueras

Pero también contra quienes desde el resto de España olvidan que el independentismo es fundamentalmente un estado de ánimo contingente y menosprecian la aportación catalana a nuestro patrimonio y bienestar colectivos, como si una hipotética secesión solo fuera a perjudicar a Cataluña.

Vuelvo a Gaziel, de quien tomo prestado el título de este artículo, que decía que “todos los problemas de Cataluña, donde hay que procurar resolverlos es dentro de España, porque es en ella, al fin y al cabo, donde pueden hallar más pronta, fácil y natural solución”. Se trata también de recordarles al resto de los españoles la importancia de Cataluña para el conjunto de España, que deban decirse: “No podemos hacer nada sin los catalanes”. Porque, como concluye Gaziel, “no cabe duda de que tampoco los catalanes haremos nunca nada bueno sin el resto de los españoles”. Conviene recordarlo todo.