Junqueras no esperará a que CDC se despierte

12 de mayo de 2016 (23:00 CET)

El corto plazo no deja entrever los cambios estructurales de la política catalana. También ocurre en el conjunto de la política española, donde la estrategia de Podemos es claramente la de confrontar dos grandes fuerzas ideológicas, en un frente entre derecha e izquierda alternativa, que está dejando muy tocado al PSOE. En Cataluña la izquierda también se organiza, alrededor de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, que, aunque tiene aspiraciones para dar el salto a la política española, cuando toque, ha inspirado un movimiento que puede ser clave en el futuro.

En esa izquierda, que ganará las elecciones generales en Cataluña el 26 de junio, se agrupará Barcelona en Comú, Podemos, ICV, EUiA y otros colectivos, con la simpatía de la CUP. Esquerra Republicana se prepara para ello, y podría sumarse, para, de hecho, liderarlo cuando se presente la oportunidad. Hasta aquí no habría diferencias con lo que ocurre en el conjunto de España.

El problema es que en Cataluña el centro-derecha con opciones de ser mayoritario –el PP catalán no cuenta, porque se encuentra muy desorientado, y Ciudadanos no sabe aún cómo centrar más su mensaje, con una apuesta catalanista para poder ser un referente de verdad-- sólo ahora ha comenzado a despertarse. Quizá sea tarde cuando se organice. Se trata de Convergència, que ha comenzado a entender lo que le pasa, y es que ERC y la CUP están socavando su papel en el Govern de la Generalitat.

La puntilla, por ahora, ha sido la apuesta de Esquerra Republicana de afrontar una reforma fiscal. El vicepresidente del Govern, y conseller de Economia, Oriol Junqueras, ha dado pasos muy medidos, pero claros. Propone bajar el tramo autonómico del IRPF para las rentas más bajas, y se basa en el hecho de que las personas que cobran menos de mil euros al mes pagan un 25% más de impuestos que en el resto de autonomías, según el secretario de Hacienda, Lluís Salvadó. De forma paralela se subirá el mismo tramo autonómico a las rentas más altas, las que están al borde o superan los 100.000 euros.

La gracia de la medida de Junqueras es que Esquerra no dice que la aprobará, sino que será el Parlament quien lo acabará decidiendo, porque Junts pel Sí no tiene mayoría absoluta. Claro, porque sabe que en la negociación de los presupuestos, en el trámite parlamentario, esa demanda la podrá formular la CUP, y entonces ya estarán preparados para llegar a un acuerdo.

Es bastante evidente que Esquerra no deja de acercarse a su izquierda, porque ve a medio plazo –o no tanto-- un bloque con posibilidades de gobernar en Cataluña, y que podría tener delante –ese sería el gran sueño-- a un gobierno del PP que pueda seguir en La Moncloa tras los comicios del 26 de junio.

¿Dónde quedaría Convergència? Esa es la cuestión. Comienza a despertarse del sueño. Hay movimientos internos. La corriente liberal, Llivergència, ha elaborado un decálogo para poder influir en el congreso del partido, y pide que no se ahogue fiscalmente a los ciudadanos. El propio presidente Carles Puigdemont ha reiterado –con poco éxito-- que no se pueden subir impuestos. Y hasta Francesc Homs se ha sumado al debate, dejando claro que el problema de CDC ha sido su indefinición ideológica en los últimos años, arrastrado el partido por la pasión soberanista.

Si tarda demasiado en desperezarse, Convergència no tendrá opciones de gobernar Cataluña. Esquerra puede caer en la tentación de agilizar los plazos, de buscar ya otras opciones, y provocar, tras las elecciones generales, unos nuevos comicios en Cataluña, dejando a CDC a medio camino en su proceso de refundación. Esto se anima.