Europa no se puede quejar de Trump

Manel García Biel

El presidente de EE.UU., Donald J. Trump, firma una orden ejecutiva en el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington, EEUU, la semana pasada. EFE/Aude Guerrucci POOL
El presidente de EE.UU., Donald J. Trump, firma una orden ejecutiva en el Despacho Oval de la Casa Blanca en Washington, EEUU, la semana pasada. EFE/Aude Guerrucci POOL

24/02/2017 - 05:00h

No hay duda que la llegada al poder de Trump a la presidencia de los Estados Unidos ha causado sorpresa primero y preocupación y temor después en una amplia parte de la ciudadanía europea. Y es evidente que sus primeras actuaciones no hacen más que aumentarla. Había que ver cuál sería las reacciónes de la UE y éstas han sido más suaves de lo que cabría esperar.

¿Pero podía esperarse una reacción muy diferente? Difícilmente, ya que sería contradictoria con las políticas llevadas a término por la UE en los últimos años.

¿Ante la política anti-inmigración de Trump, ante su propuesta de construcción de un muro con México, que podría decir la UE? Si es consecuente con sus actos poca cosa.

¿Cómo puede dar lecciones la UE después de la vergonzosa actuación que está teniendo con los refugiados y con los inmigrantes en general? ¿Quién es Europa para dar lecciones cuando establece "concertinas en la valla melillense"? ¿O cuando impide el acceso de los refugiados e incluso incumple sus propios compromisos de aceptación de un contingente de refugiados? ¿O cuando convierte el Mediterráneo en un mar de muerte y sufrimiento? Europa se ha convertido en una fortaleza que se pretende sea inexpugnable para la inmigración y los refugiados.

¿Cómo puede Europa quejarse del trato de Trump con México, cuando la UE ha tratado sin miramientos y con nula solidaridad un miembro como Grecia?

¿Quién es la UE actual para dar lecciones de democracia cuando acepta sin reticencias tener en su seno gobiernos como los de Hungría o Polonia claramente autoritarios y poco democráticos?

Europa hoy ya no es el espacio de libertades, de democracia, de solidaridad y fraternidad que quería ser. Ya no es una referencia como había sido en las décadas posteriores a la II Guerra Mundial. La UE hoy es un espacio político con graves déficits democráticos en sus instituciones y responsable de unas políticas que han afectado negativamente a su propia ciudadanía.

Podemos decir que la Europa que conocemos es una estructura política y económica hegemonizada y dominada en los últimos años por una concepción propia de una derecha globalizadora y neoliberal. Su gobernanza ha provocado que buena parte de la ciudadanía haya dejado de creer en sus instituciones y en los respectivos gobiernos que han favorecido con su actuación la aparición y crecimiento de opciones de rechazo ultra-nacionalistas de extrema derecha, partidarias del repliegue nacional y del proteccionismo.

Ahora estas opciones se sienten reafirmadas y reforzadas por el triunfo de Trump en los Estados Unidos, la principal potencia mundial, después de derrotar a Clinton máxima exponente del "establishment" tradicional impulsor de la globalización neoliberal.

Esto no nos lleva a creer que Trump sea ni tanto sólo una alternativa populista, sino que representa a un sector poderoso, reaccionario y muy conservador de las élites partidarias del nacionalismo radical y del proteccionismo del "América Primero" como vacuna ante la frustración de una gran parte de la ciudadanía, evitando a la vez que la frustración se decante hacia posiciones de alternativas más de vanguardia y progreso que podrían estar representadas en la figura de Bernie Sanders.

En la actualidad, a escala de los países desarrollados, nos encontramos ante una confrontación por la hegemonía política entre dos grandes corrientes. Una la de la derecha partidaria de la globalización sin reglas, y que ha sido hegemónica en las últimas décadas, y otra alternativa defensiva de una ultraderecha que va avanzando posiciones de forma clara y que es partidaria del regreso a un tiempo pasado, basado en el nacionalismo a ultranza, el proteccionismo económico y el miedo al diferente.

La situación actual de la globalización sin reglas ha conllevado el incremento de la desigualdad y la frustración e indignación de gran parte de la ciudadanía. También parece claro que la fuga hacia soluciones de nacionalismos xenófobos y proteccionistas sólo nos llevaría a levantar más muros y fronteras y a la larga al riesgo de volver al enfrentamiento con los vecinos y competidores, devolviéndonos a las situaciones del siglo pasado que creemos superadas.

Lamentablemente la confrontación está actualmente situada en estos parámetros. Se añora el eco importante que en el pasado europeo tuvieron las voces del socialismo, tanto las de la vieja socialdemocracia reformista, como las del comunismo alternativo más avanzado como fue el italiano.

Hoy contemplamos el sometimiento casi generalizado de la socialdemocracia a la derecha hegemónica y la reducida audiencia popular de las fuerzas de la izquierda alternativa y ecologista incapaz de plantear una alternativa ilusionante y que sea vista como factible por una ciudadanía frustrada, irritada, indignada pero en su mayoría resignada.

Se precisa recuperar los planteamientos en defensa de un nuevo ideal europeo capaz de conjugar de forma armónica un desarrollo económico avanzado sostenible y respetuoso con el medio ambiente y una justicia social que contemple los derechos de la ciudadanía.

Una Europa que pueda poner reglas a la globalización y ser líder en alianza con otros países del mundo. Una Europa abierta donde los conceptos de libertad, igualdad, fraternidad y solidaridad, junto con la defensa del medio sean la base de sus estructuras políticas, económicas y sociales.