El perdón de la multa europea: arrepentirse y seguir gastando

29 de julio de 2016 (19:13 CET)

"Las multas no las pagan los políticos: recaen sobre los hombros de la gente; los portugueses y españoles han hecho ya muchos sacrificios y no entenderían esa decisión".

¿Quién pudo hacer una afirmación tan compasiva hacia los gastones ibéricos? Un griego, claro. En concreto, Dimitris Avramopoulos, que cerraba, con esa frase, la discusión. Porque, después de eso, ¿qué se puede argumentar? "¿Que se fastidie esa panda de derrochadores y que sean los trague el océano?"

Tal vez, Avramopoulos cree que si se votara en referéndum el aumento del gasto la gente votaría en contra. A lo mejor piensa que nuestros políticos gastan a pesar de nuestros deseos de que sean más austeros y controlen el déficit. Efectivamente los españoles hemos hecho un gran esfuerzo y ahí seguimos ajustándonos. Los españoles, pero no el gobierno.

Precisamente, la frase encierra una triste verdad: el que la hace, no la paga. Si el aumento de gasto y el exceso de déficit implicara, de verdad, un alivio de la situación de los sufridos ciudadanos que actúan como la variable de ajuste de los desmanes de los políticos, todavía cabría un argumento.

Pero cuando hay una lista de gastos políticos, pago de prebendas electorales, promesas a lobbies, dinero público que se va por el coladero de la corrupción, gasto ineficiente y despreocupación general respecto al impacto del gasto, pues ya no cabe esa excusa.

Por eso no es extraño que sea un griego quien pronuncie esa frase. Al fin y al cabo, ellos votaron a políticos cuya honestidad está muy cuestionada, primero, y después a un partido que se negaba a devolver lo adeudado. Un apoyo que se repitió tras el cisma de Varoufakis, y tras el paso atrás de Alexis Tsipras. Lo de España y Portugal le debe parecer un chiste.

Pero hay una segunda parte del perdón a España. En la propia negociación, y en los análisis de algunos periodistas se cuestiona la mera existencia de la norma del 3%. ¿A quién se le ocurre fijar ese límite tan escaso? ¿A quién se le ocurre que para que una unión de economías heterogéneas funcione con una moneda única impuesta a golpe de plan debe respetarse una disciplina fiscal común?

Con excepciones, por lo que pueda pasar, como la unificación alemana o una crisis mundial. Sinceramente, a mí me parece que imponer un límite estricto al déficit estatal es una de las mejores medidas de la Unión Europea, y de hecho, una de las pocas razones que me atraen de la UE. El romanticismo de la Europa común hace mucho que quedó velado por la gigantesca sombra de la burocracia desmesurada que ha traído consigo .

Nadie antes reparó en el supuesto absurdo de la exigencia. A todo el mundo le parecía aceptable. Pero ahora, cuando además de Grecia, están España y Portugal bajo el foco, y que Italia tal vez, y que amenaza tormenta sobre la economía europea, de repente, a muchos comisarios, expertos, ministros, periodistas, les parece una exageración. Y tal vez sea cierto: abran las puertas al déficit y verán. Porque una vez que se acepte la subida de 3% a 5% de déficit, o a 9%, ¿quién va a impedir que acabemos con cifras desorbitadas que hoy nos parecen irreales?

Nadie lo sabe pero la historia económica, gran consejera, nos enseña que no es muy recomendable porque una copa gratis acaba en la barra libre al gasto gubernamental. Los gobiernos son insaciables como adolescentes, no tienen límite, cuando no hay necesidad de gastar, se inventan una razón.

No es saludable. Y no solamente eso. Más allá de la sensatez económica el comportamiento de la autoridad genera incentivos en la población, no solamente a través de (mal) ejemplo, también en sus decisiones respecto al objetivo de gasto, por un lado, y en la asignación de responsabilidades.

Pide que el gobierno te dará, y nadie habla de quién pone ese dinero que se gasta. La decisión europea genera esos incentivos. Transmite al gobierno español, éste o el que venga, que está mal visto pero que está bien. Que bajen la música pero que sigan con la fiesta. Y, así, el debate, no es si gastar menos o mucho menos, sino si el incremento de gasto se va a dedicar a subvencionar esto o lo otro. Y la fiesta la pagamos usted y yo con la subida de impuestos que va a sobrevenir, y las futuras generaciones que pagarán las deudas presentes.

Y con esa decisión, el sentido de la existencia de la Unión Europea se difumina en el horizonte próximo.