El laberinto español: pacta que algo queda

01 de abril de 2016 (17:06 CET)

Se han cumplido tres meses largos desde que se efectuaron las elecciones generales del 20 de diciembre y seguimos sin Gobierno. Al paso que van las cosas, la solución deberá esperar otros tres meses. O no, depende de los movimientos de unos y otros durante las próximas semanas.

El panorama no es muy alentador. Aparentemente, solo se ha concretado un pacto que -maldita la falta- no sirve para gran cosa. Está claro que el Partido Socialista no puede formar gobierno con Ciudadanos, de no producirse el milagro de que los otros dos partidos en liza, el Partido Popular y Podemos, les cedan el paso galantemente y con su abstención regalen el poder a quienes se han dedicado, por activa y por pasiva, a ponerles a caldo.

No parece que el Partido Popular, al fin y al cabo el vencedor indiscutible de las elecciones, pueda postrarse a los pies de los señores Sánchez y Rivera, que no han ahorrado epítetos insultantes y acusaciones de todo orden, para regalarles la presidencia del Gobierno.

Dicho sea de paso, tampoco se encuentra en los famosos puntos del acuerdo entre ambos socios una sola propuesta seria y concreta. Quizá con una excepción: la supresión de las Diputaciones Provinciales. Todo lo demás son brindis al sol, palabrería huera y buenas intenciones de las que el infierno está cargado.

Tampoco pinta que Podemos, sin duda la más formidable fuerza emergente del nuevo panorama político, y con resultados espectaculares, pueda tragarse tan ricamente las descalificaciones de los socios del pacto PSOE-Ciudadanos.

Hagamos memoria: Pablo Iglesias propone un acuerdo con Sánchez, con la vicepresidencia y algunos ministerios para los dirigentes de su formación, y los socios del pacto les acusan de buscar las poltronas y de priorizar los cargos. ¿Se diría, quizá, que Sánchez no exige la presidencia del Gobierno? ¿Están dispuestos unos y otros, PSOE y Ciudadanos, a dejar paso a nuevos candidatos -¿quiénes?- para los cargos fundamentales del futuro Gobierno?

La verdad pura y dura es que de los cuatro partidos de ámbito estatal que se presentaron a las elecciones, los principales perdedores fueron justamente el PSOE y Ciudadanos. Ahora quieren aparecer como los designados por el electorado para gobernar el país. Pero no es verdad, en lo más mínimo. Y, claro, no suman. Así que ya pueden pasear sus ilusiones tanto como quieran, pero va a ser que no.

Sin embargo, algo han logrado. Pedro Sánchez, a quien con la mejor intención califiqué de "el sastrecillo valiente", ha hecho honor a mi presunción y ha dejado noqueada a su principal enemiga, que se llama, como es bien sabido, Susana Díaz. Así que para él va el primer premio. Algo ya ha ganado. Y en buena lid. Los barones del partido, de momento en silencio, de cara a la pared y cumpliendo la penitencia.

Albert Rivera sigue en pantalla. Quiero decir que está consiguiendo prolongar su presencia en los medios, lo que no deja de ser casi milagroso atendiendo a la vacuidad absoluta de su discurso político. No se trata de decir nada, solo de estar allí. Aunque sea vestido. La suya es también una buena victoria, que cabe atribuir al inmovilismo del Partido Popular.

Mariano Rajoy, inasequible al desaliento, como siempre, está en el eterno discurso del "yo sigo" y, además, de que no piensa dar un solo paso en ninguna dirección. Por fin ha dejado entrever la explicación del gran enigma. El gallego del que no se sabe si está en la escalera para subir o bajar, simplemente no va a hacer una cosa ni otra. La idea es quedarse en el rellano y, como dicen en Aragón, "¡chifla, chifla, que como no te apartes tu!". Nada nuevo bajo el sol.

Lo más complejo para el observador poco comprometido en los entresijos de la llamada "nueva política" (¡!) es el caso de Podemos. Resulta que han tenido unos resultados excelentes, quedando a las puertas del sorpasso a los socialistas, pero –parece- tienen un montón de causas internas abiertas.

De momento, se diría que la preferencia es tirarse de los pelos. O de las rastras. ¿Qué va a ser de ellos? ¿Guerra o paz? Pues no se sabe. Desde lejos, no se sabe. Habrá que esperar y ver.

Es cierto que todavía puede producirse algún milagro. Ante el riesgo de un descalabro en el caso de una nueva cita electoral, quizá alguno, o algunos, hagan mutis por el foro. Pero, de momento, no hay indicios serios de que vaya a darse algo de eso. Fácil, no pinta de desastre electoral para nadie.

De confirmarse esta presunción, vamos a nuevas elecciones. Tampoco estamos ahora para adivinar los resultados de esa posible nueva cita electoral. Pero nadie está en condiciones de asegurar que el panorama pueda mejorar ni siquiera mínimamente.

Uno esperaría, cuando menos, que en ese caso los cuatro partidos de ámbito estatal lleven en sus programas la propuesta de supresión de las Diputaciones Provinciales. Después de seis meses de marear la perdiz, del pacto debería quedar algo.

En otras palabras, que se comprometan a empezar a recortar la burocracia en vez de los salarios, las pensiones, la sanidad y la educación. Más vale no confiarse y recordar que quien quiera que llegue a gobernar, si es que nuestra democracia alcanza para eso, deberá atajar el déficit público.

Y por la vía rápida, o sea reducir el gasto de las Administraciones Públicas. Los ciudadanos también deberíamos aprender a votar con la cabeza. ¡Qué así sea!