El error de Podemos

06 de marzo de 2016 (01:00 CET)

Podemos nació de un error: la incapacidad de los partidos políticos tradicionales para leer el creciente descontento social que se iba adueñando de la sociedad y que dio como fruto inevitable el 15-M. Pese a que encuesta tras encuesta vinieran reflejando la pérdida de credibilidad de las instituciones, populares, socialistas y otros siguieron a lo suyo, que claramente no era lo de la mayoría de los demás.

Explotó la rabia popular y nació el 15-M, y de allí nuevos líderes, propuestas, iconos…que con más o menos fortuna se irían abriendo paso en el panorama político español. Las formaciones clásicas, sorprendidas, inútiles para el análisis de los nuevos fenómenos, salpicadas por escándalos varios y sin apenas perfiles diferenciados ante la ciudadanía española, prefirieron pensar que aquello sería flor de un día y que tras la tempestad siempre vuelve la calma. Sin darnos cuenta, ya dominaba entonces un cierto rajoynismo en la mayoría de nuestro representantes.

Pero ese status quo que tanto protegía a los partidos políticos que habían monopolizado, con escasas excepciones, el período de nuestra democracia que arrancó con la transición, de repente se quebró. Las elecciones al Parlamento europeo mostraron la emergencia de nuevas propuestas políticas. En especial, de Podemos.

La tendencia dominante fue, sin embargo, seguir pensando que los resultados no dejaban de ser un sarampión, una erupción pasajera, que el tiempo devolvería con prontitud a la marginalidad. Se equivocaron de nuevo. Podemos, y otros, se quedaban y las elecciones municipales y autonómicas posteriores y las generales del 20-D demostraron que las cosas ya no volverán a ser como antes y que se ha creado un nuevo escenario ante el que se necesitan nuevas alternativas y formas para liderarlo.

Tras el pasado debate de investidura y, más allá, desde que los protagonistas de la protesta han entrado en las instituciones, empiezo a creer que Podemos está cayendo en un error que quizás haya empezado a hipotecar seriamente su futuro, alejándolo de esa conquista del poder que como lema preside el frontispicio de su ideario.

El error de Podemos consiste en creer que el rechazo a la vieja política que provocó su éxito es un cheque en blanco, que ellos pueden rellenar cuantas veces quieran y con mil estilos de letra diferentes, que su capacidad para entender y simbolizar el hastío popular hacia determinadas situaciones es un aval infinito que pueden malgastar una y otra vez.

Para su desgracia me temo que aunque somos muchos los que nos sentimos heridos por la profundidad de la corrupción, la desigualdad que provoca una mal gobernada globalización y el desgaste de las instituciones españolas somos también muchos los que odiamos la frivolidad como alternativa y la prepotencia y el sectarismo como marcas de actuación.

Si el error de los partidos tradicionales fue no saber leer la dimensión de la pérdida de credibilidad que les carcomía, el grave error de Podemos puede ser pensar que con las armas demostradas hasta ahora tienen suficiente para liderar una mayoría que les permita acercarse al gobierno de la nación. Craso error.

El 26 de junio próximo, si antes no se produce un improbable acuerdo que nos aboque a esa repetición de elecciones, seguramente vamos a tener más datos en esa dirección.