Los funcionarios catalanes agrupados bajo el colectivo CSITAL aguan la fiesta independentista. ED

El cuento del golpe de Estado

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La posible intervención del Gobierno de España ante la convocatoria del referéndum guarda similitudes con episodios anteriores de la historia del país

Agustí Colomines

Los funcionarios catalanes agrupados bajo el colectivo CSITAL aguan la fiesta independentista. ED

Barcelona, 09 de junio de 2017 (20:56 CET)

El día 1 de octubre de 1936, el militar golpista Francisco Franco fue nombrado jefe del Estado y formó gobierno en Burgos, la capital de los Nacionales. En su discurso ante la Junta de Defensa dijo que no era el Ejército el que luchaba solo contra los “bolcheviques”: “En el frente de guerra se encuentran unidos el aristócrata de la estirpe más linajuda española junto al campesino y proletario de la ciudad, y los intelectuales universitarios en fraternal compañía con los modestos menestrales, burgueses, empleados y asalariados. Los sacerdotes, por su sagrado ministerio, no pueden ser combatientes activos, pero demuestran su valor dando los auxilios espirituales a los que los necesitan, en las primeras líneas de fuego”. ¡Eso sí que es demagogia! Teatro del bueno.

El Alzamiento Nacional fue un golpe de Estado en toda regla y estuvo sustentado por la Falange, los carlistas y la mala hierba del viejo catalanismo conservador, con Francesc Cambó al frente. La coalición nacional católica impuso una dictadura que duró hasta después de la muerte del dictador y destruyó la democracia republicana. Cuando leo que algunos articulistas se atreven a echar mano de la historia para calificar lo que va a ocurrir el 1 de octubre de 2017 en Cataluña de golpe de Estado, me pongo enfermo. José Antonio Zarzalejos, por ejemplo, escribe una sarta de sandeces en su último artículo, Fecha y pregunta para un “golpe de Estado” (evocación de 1931 y 1934), sin mencionar para nada el verdadero golpe de Estado que tuvo lugar en España en 1936. ¡Ay, los genes familiares! Su padre ya dimitió del cargo de gobernador civil de Vizcaya en enero de 1977 por la legalización de la ikurriña. 

El Alzamiento Nacional fue un golpe de Estado en toda regla y estuvo sustentado por la Falange

Lo de ahora de Zarzalejos júnior es revisionismo puro y duro, muy parecido al que practica Pío Moa, ese exterrorista de extrema izquierda que después de pasar por la cárcel se convirtió en un icono del fascismo español, con sus libros sobre la Guerra Civil. Dada la trayectoria de Moa y otros miembros de los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO), es legítimo preguntarse si la referencia al 1 de octubre era verdaderamente un homenaje a Franco o por el contrario se refería a la República Popular China, que fue proclamada otro 1 de octubre, el de 1949. Los constitucionalistas actuales son en muchos casos los fascistas de ayer. Por eso, en el referéndum constitucional de diciembre de 1978, los fundadores del PP, cuando todavía eran AP y acarreaban con la herencia franquista, votaron en contra de la Carta Magna y la mayoría de catalanes, más del 90%, votaron a favor. Los demócratas tenían en Cataluña el mejor refugio.

Ustedes ya saben lo que fue la Transición: un pacto entre sectores que entonces se sentían débiles y que acordaron poner fin a las hostilidades iniciadas por Franco. Pasado un tiempo, los franquistas reciclados quisieron recuperar el terreno perdido, primero a golpe de metralleta, como ocurrió el 23-F de 1981, para pasar luego a usar la Constitución y las leyes de bases como el arma que liquidase, precisamente, el pacto constitucional. La Monarquía se puso de su lado y hoy no tiene quien le escriba con cariño desde Cataluña. Solo los lacayos con título nobiliario siguen erre que erre defendiendo a un jefe de Estado cuya naturaleza es antidemocrática y quien, además, se ha convertido en el Rey de los españoles unionistas. Su verbo es amable pero su actuación es parcial.

La Transición fue un pacto entre sectores que entonces se sentían débiles y que acordaron poner fin a las hostilidades iniciadas por Franco

El presidente catalán Carles Puigdemont convocó este viernes una reunión extraordinaria de su Gobierno y del Consejo Técnico, organismo que reúne a los secretarios generales de cada departamento (los ministerios, por ponerle el nombre que incluso les da el popular García Albiol), para anunciar fecha y pregunta del referéndum de autodeterminación. En un acto solemne celebrado en el Palau de la Generalitat y en presencia de todos los diputados de Junts Pel Sí (ya sin el tránsfuga Germà Gordó) y la CUP, el presidente ha puesto la directa. De momento, es sólo un anuncio, pero la pregunta es “clara y la respuesta, binaria”, respetando lo que Puigdemont prometió en su toma de posesión el 10 de enero de 2016. Del 10 del 1 al 1 del 10, para quien guste del sentido cabalístico de los números capicúa.

No han trascurrido todavía los famosos 18 meses de una legislatura cuyo fin culminará con la celebración del referéndum. El Estado puede caer en la tentación de repetir la gesta de Franco y asestar un golpe a la democracia española tomando medidas extraordinarias contra el presidente catalán y su Gobierno con la excusa de que el separatismo es tan malo como lo eran los bolcheviques. Será su tumba, aunque consigan el beneplácito de algunos medios de comunicación y la corte de articulistas unionistas. Algunas victorias se convierten en derrotas y al revés.

El Estado puede caer en la tentación de repetir la gesta de Franco y asestar un golpe a la democracia española

El 1 de octubre de 1988 (¡vaya coincidencia!) el Soviet Supremo elijó a Gorbachov presidente del Presidium, cargo que equivale al de jefe del Estado, y en marzo de 1991 se convocó un referéndum y el 78 % de los votantes optó por el “sí” a la continuidad de la Unión Soviética. Y sin embargo con el Tratado de Belavezha, firmado el 8 de diciembre de 1991, se disolvía de facto la Unión Soviética, al separarse la RSFS de Rusia, RSS de Ucrania y RSS de Bielorrusia, y dejó de existir definitivamente el día de Navidad de ese año. Gorbachov pasó de la cúspide a la nada. En política también cuentan los errores, en especial cuando los acontecimientos aceleran la historia.

En España, en esa España que parece regirse por los designios de la Inquisición, restablecida, por cierto, otro primero de octubre, en 1823, por el rey Fernando VII, quien de ahora en adelante se equivoque, va a pasarlo mal. Muy mal. La sal gruesa unionista es perjudicial y no es para nada persuasiva. Por lo menos Franco le puso un poco de lirismo populista (“Nosotros venimos para ser el pueblo, venimos para los humildes, para la clase media; no para los capitalistas”) a su golpe de Estado.