El catalanismo sigue ahí, aunque lo dieron por muerto

16 de noviembre de 2016 (06:00 CET)

El catalanismo ha contribuido como el que más a la modernización de España, y a Cataluña, claro. Esa fue su naturaleza, la de transformar el conjunto de España. El ex rector de la Universidad de Barcelona, Josep Maria Bricall, el hombre que mejor ha sabido interpretar al presidente Josep Tarradellas –formó parte de su gobierno de unidad-- tiene escrito que el problema catalán fue, principalmente, el problema de unas clases sociales dinámicas que no fueron atendidas por un Estado anclado en el pasado. Ese catalanismo se conjuró para lograr que ese estado le pudiera ser útil, y, pese a todos sus defectos, y con el concurso de muchos otros colectivos en todo el territorio español, ese estado es hoy un país moderno.

En los últimos años el movimiento soberanista, que adopta características de un movimiento populista, y que crece al calor de una devastadora crisis económica, consideró que el catalanismo había muerto, que había dejado de ser un instrumento necesario. El objetivo ya no era influir, ni cogobernar, ni velar por los intereses conjuntos con la sociedad española más moderna, sino el de crear un estado propio.

¿Pero, dónde estamos? El catalanismo sigue ahí. Nunca ha desaparecido, aunque el independentismo lo ha ensombrecido. Miembros del PSC y de Unió Democràtica, los dos partidos que lo han pasado peor en estos últimos años, han promovido la plataforma Portes Obertes al Catalanisme, no con la idea de constituir un partido, sino con la visión de ampliar una base social, desde una perspectiva reformadora.

La plataforma surge de la integración de dos iniciativas, la Tercera Vía, próxima al PSC, y Construïm, vinculada a Unió. Este lunes celebraron el acto de presentación, con la participación de personas como Mario Romeo, impulsor de Tercera Vía, o Pere Navarro y Jordi Hereu, netamente socialistas, pero con la asistencia también del ex diputado del PP por Girona, Jordi de Juan, que defendió el federalismo, o con el concurso de ex dirigentes de Unió, como Jordi Casas. En el público destacaba Miquel Iceta, Ramon Espadaler o el propio Josep Antoni Duran Lleida.

El capital humano que acumulan esas dos fuerzas políticas, pero también personas ligadas al PP, que comparten ese catalanismo que un día fue central, no se puede despreciar, y más cuando no se atisba ninguna salida para el proyecto independentista, que ha comenzado, poco a poco, a rectificar, porque sabe que no tiene la mayoría social en Cataluña.

En la misma longitud de onda se debe mencionar a Lliures, un movimiento que sí quiere constituirse en partido político y que han impulsado el ex dirigente de Convergència, Antoni Fernández Teixidó y el ex dirigente de Unió, Roger Montañola. Defienden un alma más liberal para ese catalanismo. Pero reclaman, como Portes Obertes, una centralidad que pueda hacer frente a los retos de Cataluña sin necesidad de chocar contra un muro, como parece que asume el soberanismo.

Ese catalanismo, con sus distintas variantes, con sensibilidades plurales, se mantiene vivo para disputar el espacio con el independentismo. El problema para todo el conjunto de actores que se declaran catalanistas es que sus recetas las acabe aplicando una fuerza política que ha ido aprendiendo que no podrá gobernar Cataluña sino demuestra alguna vez que es capaz de gestionar con una cierta solvencia: Esquerra Republicana.

Lo que parece claro es que el catalanismo tiene todas las posibilidades de ganar de nuevo, al margen de quien pueda liderar ese espacio. La opción del diálogo, del pacto y del acuerdo es la única posible, y es consustancial al catalanismo. Aunque eso también lo tiene que asumir el Gobierno español.