¿Democracia en el Reino Unido? Para nada

29 de junio de 2016 (17:05 CET)

En España y en Cataluña tenemos un complejo. Es lógico. Razones históricas. Pero debería ser ya la hora de ver las cosas simplemente como son. Los políticos independentistas no dejan de proclamar que el Reino Unido es un gran ejemplo de democracia, que sienten envidia de un país que tiene a un primer ministro como David Cameron. También algunos periodistas, que sienten que su razón de ser, en estos momentos, es la de acompañar a Cataluña hacia la independencia, y se equiparan con los veteranos profesionales que se indentificaron con la clase política en la transición para conseguir la democracia en España.

Y sí, creen, como ha manifestado el presidente catalán Carles Puigdemont, que el Reino Unido es un gran estado democrático, y que España, en cambio, tiene una "baja calidad democrática". Pero lo que ha ocurrido con el referéndum del Brexit echa por tierra todos esos argumentos. Es al revés. Es lo menos democrático que se podía hacer. Con una campaña electoral intensa, con cuatro mensajes que incitan los sentimientos, y aprovechándose de que las cosas se han puesto muy feas para las clases medias y bajas en todo el planeta, porque la competencia en los mercados laborales es enorme, y existe una gran población que, sencillamente, no tiene nada y se busca la vida, se puede ganar un referéndum. Y se puede ganar con ¡una participación del 70% y el 52% favorable al Brexit!

¿Es eso realmente democrático? Es cierto que no hay una regla clara por parte de los científicos sociales en esa materia. Pero se suelen fijar algunas barreras, para que quede claro que se produce una apuesta nítida en el tiempo por parte de una población para cambiar nada menos que su estatus jurídico respecto a una realidad tan importante como, en este caso, la Unión Europea.

Puigdemont se alegró de inmediato. Y constató, precisamente, que esa mayoría mínima, del 52% había permitido a un estado salir de la Unión Europea, lo que implica, pese a algunos avezados analistas, un cambio jurídico de primer orden. Él estaba pensando en Cataluña.

El Reino Unido deberá ahora –en función de las componendas que se puedan arreglar por parte de los principales gobernantes europeos-- elaborar un tratado distinto con Bruselas, y deberá estar listo antes de que expire el que tiene, con unas negociaciones que se han fijado en dos años. No es nada fácil. Por ejemplo, cualquier acuerdo comercial de Londres con Bruselas implicará, porque es la esencia de la UE, la libre circulación de personas, que es, precisamente, lo que irrita a los partidarios del Brexit.

El presidente catalán, justo el mismo día que se conoció el resultado del Brexit –este miércoles también ha destacado que el referéndum lo cambia todo-- incidió en que ese 52% se podría aplicar a Cataluña. Si la mitad más uno vota en un hipotético referéndum de independencia, ya está: Cataluña independiente. ¿De verdad alguien cree que eso es democracia?

Nadie rechaza que un país pueda adoptar una decisión radical respecto a su futuro, sobre si desea o no seguir perteneciendo a otra entidad supranacional, como en este caso. O si quiere desgajarse de otro estado. Pero la democracia implica el respeto a las minorías, con límites para todos. En este caso, sigue siendo esencial la Ley de la Claridad, dictada por el Tribunal Supremo de Canadá, tras el referéndum en Québec. Lo que ocurrió es que los partidarios de la independencia de Quebec no ganaron, por muy poco. Pero para futuras consultas se estableció unas reglas, con barreras protectoras. No ha pasado en el Reino Unido, donde el sí, de forma inesperada, ha ganado, sin ningún plan alternativo, sin tener nada preparado. ¿Es eso democrático, o un fracaso total como país?

Esas reglas se deben acordar, entre partidarios y opositores al Brexit, o respecto a cualquier decisión de ese calibre. Primero, entre todas las fuerzas políticas. Y esas barreras se pactan. ¿Un ejemplo? Convocar dos referéndums, en el plazo de dos años, para que se demuestre que la población británica quiere realmente irse de la Unión Europea, sin estar al albur de una campaña sucia en un determinado momento. Y, después, con una ratificación con un mínimo de votos por parte de la Cámara de los Comunes. Pongamos un 60%. Si se mantiene la apuesta, pues se cumple con todas las consecuencias, y no se asiste a un triste panorama, protagonizado por personajes como Boris Johnson, que ahora se arrepiente de las mentiras vertidas, por no hablar de Nigel Farage, el gran impulsor del Brexit.

No hablemos, por tanto, de democracia con tanta gratuidad. No, señor Puigdemont.