Oriol Junqueras y Carles Puigdemont en un momento de la entrevista realizada por TV3, con un control gubernamental. Foto: TV3

Cuando se sacrifica el liderazgo para buscar la satisfacción

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En Cataluña se ha sacrificado el liderazgo, que implica impopularidad, por la satisfacción, que conlleva el populismo, con programas de autoayuda

Santiago Mondejar

Oriol Junqueras y Carles Puigdemont en un momento de la entrevista realizada por TV3, con un control gubernamental. Foto: TV3

Barcelona, 16 de junio de 2017 (09:55 CET)

Parafraseando a Unamuno, al catalanismo soberanista le pierde la estética, lo que es lo mismo que decir que se deja arrastrar por las emociones. Este no es sin embargo, un trazo que los nacionalistas levantinos tengan en exclusiva. Desde Herder a Farage, el sentimentalismo ha jugado y juega un papel determinante en las políticas que fomentan y explotan los sentimientos identitarios y coquetean con las guerras culturales.

Lo peculiar de la era en la que nos ha tocado vivir es que la instrumentación de lo emocional como teoría política  ha traspasado el confín del nacionalismo y ha llegado a grupos políticos que no ha mucho tenían en el racionalismo ilustrado un elemento fundamental de su raison d'être.

Un ejemplo claro de ello lo encontramos en la respuesta que Pedro Sánchez dio a Patxi López cuando éste le pregunto que si sabía lo que era una nación y aquel le respondió que era un sentimiento. Un estado de ánimo colectivo apuntalado con algunos atributos más o menos folclóricos.

Por mucho que en el caso español haya debutado oportunistamente  por la vía de la plurinacionalidad y al albur de  la  coyuntura catalana,  esta tendencia de ciertas fuerzas políticas de incluir la gestión de la autoestima y la felicidad de los votantes en sus programas no es nueva.

El instinto de supervivencia de los aparatos de los partidos tras el desnorte en el que se ha sumido la socialdemocracia tras la implosión del socialismo real les llevo a concebir fórmulas para crear una cultura de dependencia para mantener y expandir sus redes clientelares. Un ejemplo de esto es la gran marcha hacia la terapización  de lo político, plasmada en la tutela pública de los adultos a través de la politización de los sentimientos y en el intento de darle carta de naturaleza a un determinismo emocional que  les permita alcanzar o mantenerse en el poder.

Lo que en el fondo se busca,  es extender los límites del estado del bienestar para transformarlo en un estado del sentirse bien, en el que los problemas personales sean tratados  por la comunidad a través de una amplia red de apoyo implementada por los políticos electos.

Naturalmente, uno de los requisitos de esta estrategia es el cultivo del victimismo (e.g. España nos roba) y la inserción de tabúes en la esfera pública (e.g. Unidad de España) mediante una persistente estimulación demagógica de su percepción de indefensión,  sea ante las multinacionales, la masificación turística o el centralismo opresor. Por decirlo jocosamente, si alguien se gana la vida salvando almas, necesita una generosa reserva de pecadores.

Una vez que el discurso político se sitúa en ese terreno, la calidad de las argumentaciones se empobrece radicalmente, llevando a la trivialización de las propuestas y a una simpleza dialéctica maniquea que es inmune a todo razonamiento que ocupe más de 140 caracteres. En la práctica esto lleva al paternalismo, inherente  en  una infantilización  de la política que resulta observable  en la introducción de temáticas basadas en la creencia en la banalidad de las aspiraciones de electorado, lo  que conduce a una moralidad de conformismo y bajas expectativas de progreso social.

Cuando,  bien por convencimiento o por cinismo, hay líderes políticos que plantean propuestas que lejos de perseguir que los ciudadanos estén mejor,  buscan que se sientan mejor, abandonado descaradamente el afán por prosperar  en favor de ilusionar a los votantes, sacándose de la chistera  proposiciones sentimentales y usando un lenguaje semi-sociológico y pseudo-freudiano que enmascara sus ambiciones políticas con valores terapéuticos.

Es decir, se intercambia liderazgo (que implica impopularidad)  por satisfacción (que conlleva populismo), de tal manera que los programas políticos adquieren tintes de libro de autoayuda. Esto se puso espectacularmente de manifiesto  en las frases hechas y lugares comunes que alimentaron la campaña 'Ara és l'hora' promovida por ANC, Omnium Cultural y la AMI para dar apoyo al 9N.

La gran paradoja es que por supuesto, a medio plazo los defensores de propuestas políticas que incluyen elementos más o menos velados de apoyo emocional y autoafirmación,  pierden credibilidad cuando las expectativas creadas no encajan con  la naturaleza efímera, coyuntural y volátil de los sentimientos humanos.

No obstante, durante la travesía hacia la utopía, el haber tratado a los electores como emocionalmente inestables y el promover catarsis colectivas a través de terapias de grupo del tipo Vía Catalana, solo logra hacer más vulnerables y frustrados a sus votantes, que en el mejor de los casos se refugian  en la melancolía y en el peor en el nihilismo, después de quienes habían ofrecido ayudarles polaricen la comunidad cuyos sentimientos prometieron proteger y satisfacer.