Declive de una idea de España 

14 de septiembre de 2016 (23:00 CET)

Si en los últimos años, desde el 2011 con el 15M y la primera Diada en el 2012 centrada en dar impulso al derecho a decidir, la gente, movilizada en plazas o en grandes avenidas, era observada como un problema que había que combatir y al que dar respuesta, tanto desde la socialdemocracia como desde la ideología de centro derecha española, ahora dicho problema se ha trasladado de la calle a las instituciones; de la plaza del Sol a la carrera de San Jerónimo. Ahora el problema se ha desplazado, pasando de las reivindicaciones a favor de conseguir más derechos, reivindicaciones que paralizaron España y Cataluña, al peligro de unas terceras elecciones.

Antes eran las movilizaciones las que encarnaban el peligro de una insurrección popular en plena crisis financiera. Ahora son los partidos políticos, que configuran la llamada partitocracia, los que está poniendo en cuestión la fiabilidad del sistema político español y la corrupción del PP lo certifica.

Tras la amenaza de unas terceras elecciones se esconde, no sólo la impotencia para alcanzar una solución, sino el declive de una idea de España asociada a la transición, al consenso, al bipartidismo, al proyecto autonómico y a la adscripción definitiva a Europa.

Cuarenta años separan la salida del franquismo del actual bloqueo político al que estamos asistiendo. La falta de acuerdo para formar gobierno supone el primer paso del temido sorpasso hacia un nuevo horizonte político, donde los dos grandes partidos ya no tendrán la fuerza ni moral ni política para mantener sus posiciones de liderazgo. Ello implica que el diagnóstico de Podemos y Ciudadanos vea cumplidas sus expectativas.

La vieja política se tambalea incluso manteniendo el poder, como un coloso con pies de barro. Como si el gigante egoísta de Oscar Wilde volviera a expulsar de su jardín a los niños molestos, al no entender sus juegos. Como si el príncipe Fabrizio Salinas desoyera la advertencia de su sobrino Tancredi cuando, en plena revolución garibaldina, le hacía ver "si nosotros no participamos también, esos tipos son capaces de encajarnos la República. Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie. ¿Me explico?".

Una sentencia o principio político que parece no calar en la mente exhausta de los artífices de la transición. Incluso Convergencia e Izquierda Unida han comprendido que su supervivencia pasa por mostrarse como otros o en coalición con otros.

La idea de que el espíritu de transición en España sobrevivirá gracias a prolongar la ilusión de un consenso perpetuo y de que los problemas se resolverán repartiéndose responsabilidades y poder, fracasará con unas nuevas elecciones. Ya fracasó, de hecho, pues la política española está atrapada en la aritmética y no en la capacidad de acuerdos. Ya fracasó al visibilizar que Podemos y Ciudadanos no son el problema sino, tal vez, la respuesta que buscan muchos españoles, aquellos que han entendido la sentencia de Tancredi y que no quieren sucumbir a la la falta de propuesta de un proyecto para España desde el PP y el PSOE