Contra la desmovilización electoral

18 de mayo de 2016 (19:30 CET)

La zozobra, la calma tensa, el calor que ahoga y la cercana visión de las vacaciones estivales, recorren el pensamiento de los votantes ante el reto de volver a votar.

Se dice que será una campaña barata. También se dice que seremos molestados lo menos posible, pues votar dos veces, en menos de medio año, es un engorro que deberían haber evitado.

Hay incluso quien apuesta por una baja participación que permita variar sustancialmente los resultados en contra del principio básico de la democracia que es alentar una alta participación. Hay quien, en un ataque de pesimismo nostálgico, llega a difundir la idea de que las elecciones democráticas son un exceso del que debemos curarnos, mientras contempla la silueta imponente y nítida de un toro de Osborne.

Estos visitadores del pasado son nuestros Pobedonostsev, uno de los políticos reaccionarios más notables del siglo XIX de Occidente.

Pobedonostsev advertía al Zar Alejandro III con la siguiente declaración de principios: "son los que saben juntar y combinar sagazmente los sufragios quienes suben al poder, con sus amigos políticos; son hábiles mecánicos de la tramoya oculta tras las bambalinas quienes hacen mover a las marionetas en el escenario de las elecciones democráticas".

Y, sin embargo, esta visión sagaz y contraria a la democracia ha empezado a tener un amplio consenso en la sociedad española, tanto en los votantes de derechas como en los de izquierdas. Tal vez la razón debemos buscarla en el sentimiento de abandono en el que se encuentran los ciudadanos, que observan cómo, tras la promesa de reformas constitucionales y grandes cambios, sólo queda la asfixia de impuestos y más impuestos.

Ciudadanos que presienten que la sombra de la austera Europa avanza sobre su economía doméstica, al observar cómo son recortadas las pensiones en Grecia, con propuestas impulsadas por la radical Syriza. Ciudadanos que ven en la reforma laboral francesa la experiencia ya vivida en España.

Todo un conjunto de certezas que les acerca a posiciones contrarias a la democracia, provocadas por la desconfianza hacia la clase política. Este movimiento tiene claros antecedentes en Italia, Francia, Finlandia, Estonia, Alemania y Grecia, lugares donde la extrema derecha va creciendo en votos.

Partidos de una sola idea que llevan a sus simpatizantes a votar contra la democracia, aprovechando la desigualdad social para crecer y consolidarse. Si bien en España Podemos está capitalizando la crisis del sistema, no debemos obviar el surgimiento a medio plazo de fuerzas políticas de extrema derecha.   

La respuesta para ahuyentar este peligro en España no supone relativizar estas elecciones como una carga para los ciudadanos, ni convertirlas en las elecciones de los fracasados por no haber alcanzado un gobierno en las anteriores.

La clase política debería convertirlas en las elecciones más determinantes, no sólo por la necesidad de alcanzar un gobierno estable, sino para iniciar un proceso de reformas que permitan recuperar la confianza en la democracia y alejar el fantasma de la apatía y el miedo, algo que algunos esperan que se produzca para alzar modelos de sociedad donde la desconfianza sea la base con el fin de ganar votos.