¡Menos mal que tenemos a Stiglitz!

07 de octubre de 2016 (19:31 CET)

 Esta semana hemos tenido la enorme suerte de tener entre nosotros a un Premio Nobel que ha venido a "hacer caja", como buen capitalista, y vendernos su libro: Joseph Stiglitz, el economista que negó el apretón de manos a Pedro Schwartz tras un debate económico en el que el economista español quedó como claro vencedor. La fortuna ha querido que además nos deje suculentas declaraciones basadas en lo que dijo hace un año y medio y en el contenido de su libro, es decir, tampoco se ha esforzado mucho.

El resumen en un tweet sería: "Sigamos a Grecia camino del abismo y dejemos volar a Alemania hacia la prosperidad". Y me sobran casi 60 caracteres para adornarlo. Es cierto que el momento en el que ha hablado es el más propicio porque se está analizando la posibilidad de que el Deutsche Bank sea rescatado por la Unión Europea. Pero mucho antes de que llegáramos a esta situación, Stiglitz afirmaba: "El mayor problema para Europa no es Grecia sino Alemania", en una entrevista a la cadena CNBC ofrecida el 1 de febrero del año 2015.

En la misma entrevista advertía que Grecia había cometido errores pero que la Unión Europea los había cometido aún mayores, y que los más prestigiosos economistas consideraban que la solución podría ser la salida de Alemania del euro. Sostenía que el euro estaba al servicio de Alemania y que nada ha dividido tanto a Europa como la moneda única.

Realmente curioso. Efectivamente, el euro es una moneda mal diseñada. Y eso es lo que pasa con determinadas cosas "de diseño", como las drogas o las monedas, que tienen efectos secundarios insospechados. Así que coincido con el Nobel al menos en ese punto. Ya tenemos un acuerdo de mínimos. Ahora bien, asegurar como aseguraba y sigue haciéndolo que el euro ha dividido a Europa o que fue creado para beneficiar a Alemania, me parece un poco extraviado. Porque a Alemania y al resto de los ciudadanos europeos, lo que de verdad nos habría beneficiado es la libertad monetaria. Y ahora mismo Europa estaría invadida de libras, dólares y, sobre todo, de marcos alemanes.

Pero hay otro punto en el que también coincidimos. Dice el economista estadounidense que sin reformas estructurales en la propia Unión Europea, el euro tiende a desaparecer. Europa va camino del abismo, si no hacemos nada. Yo también lo creo. Ahora bien, esa es la razón por la que el Reino Unido se ha ido y aquí todo el mundo le ha afeado la conducta. De hecho, yo soy de las que reclamo un acuerdo entre los países europeos completamente diferente, menos centralizado, más centrado en la libertad. Si eso implica la desaparición de la UE, adelante.

En fin, que no creo que mi idea le guste mucho a Stiglitz. Porque a él lo que le escuece es la falta de solidaridad. Él ensalzaba la Argentina de Kirchner y las políticas económicas de Zapatero. Ese es su estilo peculiar. Obviamente, la idea de controlar el presupuesto y que cada palo aguante su vela, no le gusta nada. ¿Dónde se ha visto que cada país trate de ajustar su presupuesto? No, de eso nada. En la Europa stiglitziana del siglo XXI, el modelo va a ser Grecia. No es una sorpresa, junto con Krugman, él fue el road manager de Yanis Varoufakis y es compañero de Piketty en la asesoría a Corbyn, el líder laborista británico.

Pero la idea de reformar la Unión Europea sacando a Alemania (principal aporte de fondos al BCE y motor de Europa) y extendiendo las políticas sociales es muy peligrosa. Sobre todo, porque eventualmente se haría en base a impuestos disuasorios para los ricos, restricción a la salida de capitales y de fortunas, apoyándose en un incremento de deuda pública insostenible… todas esas características que definen la economía de un país tan rico como Argentina, siendo suaves. Si nos vamos un poco más al extremo estamos en Venezuela.

Para que las economías sean prósperas, para que el crecimiento y el progreso sean sostenibles en el tiempo, para que los beneficios se socialicen y los pobres sean ricos, es imprescindible abrir mercados, tirar a la basura las regulaciones ineficientes, contraproducentes, obsoletas, que pervierten los incentivos y las expectativas económicas de inversores, empresarios y consumidores. Lo de siempre, vamos.

Y una pregunta final. ¿Por qué un economista de Indiana, que ha estudiado su doctorado en el MIT de Massachusetts, que ha impartido clases en Yale, Chicago, Stanford, Cambridge, no pone todo su acervo intelectual al servicio de sus héroes y se va a vivir a Argentina o a Grecia, en vez de quedarse en Estados Unidos? Seguro que vivir una temporada en ausencia de mercados le ratifica en sus teorías.