Hay trabajo, pero menos equilibrio laboral y menos derechos

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Se necesita un nuevo contrato social que dé seguridad en la flexibilidad en el cambio que exige el mundo laboral

Francesc Castellana

La ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez, valora los datos laborales. EFE/Zipi
La ministra de Empleo y Seguridad Social, Fátima Báñez, valora los datos laborales. EFE/Zipi

07 de junio de 2017 (00:42 CET)

Buena noticia: tenemos más empleo nominal en Cataluña y en el conjunto de España y disminuye, aunque menos, el desempleo, el paro registrado. Este último, un indicador cada vez menos representativo de las personas que buscan trabajo, al ser solo una vieja estadística administrativa, pensada ya hace muchos años en un contexto diferente al actual.

Hoy, en el “modismo experto” del mercado de trabajo se afirma, muchas veces sin ponderar en el conjunto de la fuerza laboral, que la sociedad 4.0 prescindirá de muchos de los actuales empleos, también que cambiarán las profesiones de forma radical y que el desempleo estructural condenará a muchas personas a una inactividad forzada de por vida, mientras que la acumulación de los excedentes empresariales y el poder económico se maximizarán. Ante este reto, los “bien pensados” a izquierda y derecha hablan de una renta garantizada y de un salario de referencia de proximidad ambos desvinculados del trabajo, las entienden medidas más eficaces que el salario mínimo y la cobertura por desempleo.

Los nacionalistas que están en contra de la globalización saben, en cambio, que el PIB depende de las exportaciones

La globalización es el problema, dicen, porqué justifica todos sus males presentes y proyectan su fin por el renacer de un nacionalismo conservador o de izquierda, el retorno al viejo equilibrio, y se quedan tan tranquilos. Los nacionalistas que así opinan saben, no lo pueden ignorar, que su producción industrial y la mayoría de sus empleos dependen directamente o indirectamente del comercio exterior o del turismo, es decir, de la globalización.

El nuevo momento, en su percepción actual, se basa fundamentalmente en recibir miles de datos que provienen de entornos muy específicos, de realidades desconectadas entre ellas, en contextos diversos, pero que se mezclan en un todo que significa la interpretación de un nuevo paradigma, aparentemente real, y sobretodo les permite proyectar un nuevo futuro, que lo justifica todo.

La verdad, más tozuda, es que vivimos en un sistema cada vez más abierto y más complejo donde el cómo y con qué se sobrevive varía según donde se vive y de qué renta se dispone, de qué nivel de conocimientos se tiene y de cuál es su ámbito relacional. Las desigualdades aumentan cada vez más y la cohesión social peligra, pero el progreso caótico avanza y hasta hace de la técnica disruptiva su nuevo emblema.

El paro registrado, volviendo al inicio del comentario, ya solo indica una realidad estadística pensada cuando estar inscrito en los servicios de empleo suponía un requisito necesario para el acceso a prestaciones económicas y a servicios para la búsqueda de empleo, la orientación, la formación y el acompañamiento. Hoy el indicador ha perdido su importancia al disminuir la cobertura del sistema de prestaciones y de los servicios ocupacionales, pero su uso político y social permanecen como si todo fuera igual que antes. ¿Por qué?

¿Se quiere así mantener la desorientación personal y colectiva que impide interpretar la realidad? Explicar la realidad y su complejidad, facilitando su comprensión, permitiría reorientar eficazmente la acción de todos y cada uno al situar los “nuevos mitos del empleo” en su verdadera dimensión y poder tener objetivos, por razonables, más alcanzables al adaptarse a la nueva realidad.

El indicador del paro registrado ha perdido valor al disminuir la cobertura del sistema de prestaciones

En Cataluña y en España se trabajan aun hoy menos horas, en conjunto, que antes de empezar la crisis. Mientras que sí se recupera el PIB, disminuyen las rentas del trabajo y aumentan las rentas mixtas de capital. Las instituciones laborales han variado si, han reforzado la posición empresarial alterando el equilibrio anterior.

Ciertamente, coinciden todos los expertos, se producen importantes cambios, venimos cambiando ya hace más de 150 años, y seguramente se producirán más cambios. Nuestra necesaria adaptación a ellos exige y exigirá más flexibilidad, no rigidez, pero ¿hasta dónde es posible soportar la creciente desregulación? ¿la disminución de las rentas del trabajo por el crecimiento de los excedentes empresariales?, ¿la inseguridad en las carreras profesionales y los cada vez más frecuentes tránsitos empleo-desempleo y el más solitario y desprotegido desempleo? Necesitamos adecuar las instituciones laborales y su seguimiento a la nueva realidad, y no valen ni declaraciones ideológicas, solo retóricas, ni nuevos modismos que anuncien, sin datos contrastados, nuevos paradigmas.

Necesitamos conocer mejor el empleo como es, cómo cambia, y conocer también a los que buscan empleo, y si lo encuentran, cómo lo consiguen o en caso contrario por qué no, siempre con datos abiertos y con indicadores de síntesis que nos permitan explicar la naturaleza del trabajo mutante y la calidad de sus instituciones. Solo de ahí pueden nacer nuevas propuestas que permitan ver y actuar en el todo y, sobre todo, en la parte del derecho subjetivo, personal y colectivo.

¿Estamos en la duda justificada, o bien en el intento de desorientación y explotación laboral que nos devuelven a los años 20 del siglo pasado? Un nuevo equilibrio que dé seguridad en la flexibilidad que requiere el cambio, necesita de un nuevo y renovado contrato social y huir de viejos corporativismos y de pregoneros del “gran cambio”. Contrato social que revalorice el trabajo, que dé garantías al trabajo y a todos sus protagonistas en sus cambios ciertos y en la minimización de los  nuevos desequilibrios y así impidan nuevas y mayores desigualdades.

Francesc Castellana, Presidente de la Fundación Utopía